Margarita R.Veitía
Su mirada no solo ilumina: despierta. Hay en sus ojos una claridad que inspira confianza y una determinación silenciosa que anuncia propósito. El tono de su voz, dulce y firme a la vez, deja huella; acaricia y guía, convence sin imponerse. Su pensamiento transita con naturalidad entre la sensibilidad del arte y la precisión rigurosa de su especialidad: la arquitectura, ese territorio donde la imaginación se convierte en estructura y los sueños adquieren forma.
Georgina Salazar Solís es una mujer decidida, de voluntad inquebrantable, que no esperó oportunidades: las construyó. Con esfuerzo, disciplina e ímpetu, buscó su lugar en la sociedad hasta encontrarlo, demostrando que cuando el talento se une a la constancia, no hay límite capaz de contenerlo.
Su vocación
Cuando aún cursaba la secundaria, la vocación la encontró casi por sorpresa, en el momento en que su familia decidió ampliar la vivienda. Aquel proceso —ver cómo un espacio podía transformarse, crecer y cobrar nueva vida— la cautivó profundamente. Desde entonces, ya no pudo imaginar su futuro de otra manera: se vio diseñando, creando, dando forma a sueños convertidos en proyectos. “Algo en mi interior se encendió; fue una chispa que nunca se ha apagado”, confiesa con sinceridad y pasión.
Con esa certeza latiendo en el corazón, inició sus estudios superiores en la UADY. Allí no solo adquirió conocimientos y herramientas; confirmó, con convicción renovada, que la decisión tomada en su juventud era el llamado firme de su verdadera vocación. “La carrera te abre el panorama, lo amplía, te da la práctica. Puedes diseñar casas, iglesias, hospitales, cementerios… Te da la oportunidad de investigar, crear conceptos, incluir al cliente en tu proyecto. Es sencillamente fascinante”.
Al graduarse, tomó una decisión valiente: abrirse camino por cuenta propia. Comenzó con pequeñas obras, proyectos modestos que asumía con la misma entrega que si se tratara de grandes edificaciones. Con el tiempo, su talento, disciplina y sensibilidad fueron trazando una trayectoria sólida; la experiencia se convirtió en prestigio y su nombre, en referente.
Para ella, sin embargo, el mayor reconocimiento está en la mirada satisfecha de quienes habitan los espacios que diseña. “Lo más impresionante es ver la satisfacción del cliente. Escuchar sus opiniones, conocer sus experiencias de vida… He tenido la vivencia de construir una casa y sentir cómo esa familia la habita con calidez, cómo se acomoda en ella con naturalidad. Se vuelve un lugar cercano, porque ahí está la huella de su historia, de sus convicciones”.
No obstante, su independencia nunca ha sido sinónimo de aislamiento. Por el contrario, siempre ha mantenido una profunda apertura al trabajo colaborativo, convencida de que las grandes obras nacen del diálogo y la suma de talentos.
Esa convicción se reafirmó cuando participó en la remodelación del malecón de Progreso, tras el paso devastador del huracán Gilbert. Aquella experiencia marcó su trayectoria profesional y humana. “Me gusta trabajar en equipo, escuchar otras opiniones. Fue inolvidable aquel trabajo con el arquitecto Enrique Duarte, basado en la creación de un concepto inspirado en el oleaje. Cada propuesta fue una solución conjunta, pensada desde la unión de miradas, y el resultado ha perdurado en el tiempo”, afirmó con vehemencia.
Sin embargo, ha sido la iluminación la que ha ocupado la mayor parte de su vida profesional. Descubrió en ella no solo una especialidad, sino un universo por explorar. “En un momento comprendí que Mérida necesitaba capacitación en este ámbito; era imprescindible integrarla de manera eficiente, optimizar recursos y entender su verdadero potencial. Ahí nació mi interés por esta rama, que se convirtió en hechizo y desvelo”, asegura con convicción.
Desde entonces, soñar con luces y sombras dejó de ser metáfora: se volvió un juego apasionado donde cada destello transforma el espacio y cada sombra cuenta una historia.
Parque La Plancha
“Cuando vine por primera vez, ya terminada la obra, mi respiración cambió. Estaba impactada; eran emociones acumuladas que se agolpaban en el pecho. Recordé el lugar tiempo atrás, las vivencias que había tenido allí desde niña, los trenes cruzando, luego mi paso diario hacia la Escuela de Arquitectura, el periodo en que ese entorno quedó en desuso. Solo pude decirme: valió la pena”.
En ese proyecto —diseñado por los arquitectos Javier Muñoz (Bonch) y Carlos Quesnel— participó como arquitecta invitada para concebir la iluminación, especialidad a la que ha dedicado una parte esencial de su vida. No solo se dio nueva vida a un espacio emblemático; también se reafirmó su convicción de que la arquitectura, cuando se construye en comunidad y se piensa con sensibilidad, tiene el poder de trascender y dejar una huella luminosa en la memoria colectiva.
“Se utilizaron todas las ideas posibles; nos volcamos a asumir la herencia histórica y la cultura maya, incluso su sonrisa en los volados que están a ras de tierra. Se buscó realzar cada espacio desde la iluminación, que fuera segura, íntima y cálida, con ritmo, a partir de luminarias diseñadas por nosotros, que dieran la sensación del vuelo de las gaviotas. Y se logró”.
Con este proyecto obtuvo la Medalla de Plata en la XVIII Bienal Nacional de Arquitectura Mexicana.
Georgina: humildad, conocimiento e independencia
Para Georgina Salazar Solís, avanzar en la vida ha sido posible gracias a tres pilares firmes: la humildad, el conocimiento y la independencia personal.
La humildad le ha permitido mantenerse abierta al aprendizaje constante, escuchar otras perspectivas y reconocer que cada experiencia aporta una lección valiosa. El conocimiento, alimentado con disciplina y curiosidad, se ha convertido en su herramienta más sólida para innovar, ejercer su profesión con responsabilidad y defender sus convicciones. Y la independencia personal le ha dado la fortaleza para tomar decisiones propias, asumir riesgos y construir, con determinación, el camino que hoy la define: seguro y honesto.
Actualmente encabeza la mesa directiva del Colegio Yucateco de Arquitectos, institución en la que —reconoce— siempre ha participado de manera activa y comprometida. Desde esta nueva responsabilidad, su propósito es claro: aportar en las decisiones municipales, integrarse al plan de desarrollo urbano e impulsar actividades, conferencias y cursos de capacitación que fortalezcan al gremio. Cuenta, afirma, con el respaldo incondicional de su familia, motor silencioso de cada paso que da.
Su deseo es que más mujeres arquitectas se sumen, participen y hagan oír su voz, y que el Colegio se consolide como una comunidad que apueste por las nuevas tecnologías, el progreso y la eficiencia, sin perder su esencia.
“Los sueños nunca se acaban”, comenta con convicción. Entre ellos, subraya su fidelidad a la Escuela de Arquitectura de Yucatán, a la que considera un parteaguas en la construcción de una Mérida integrada a sus ancestros y a su identidad cultural: una ciudad planificada, útil y bella.
Así, su trayectoria continúa, guiada por la luz de sus convicciones y por la certeza de que aún queda mucho por construir.






