El sector de la construcción representa uno de los mayores consumidores de energía a nivel mundial.
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Por Jorge Higinio García
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En México, las edificaciones —tanto residenciales como comerciales— concentran una parte significativa de la demanda eléctrica, principalmente por climatización, iluminación y equipos de oficina. Ante el aumento sostenido de los costos energéticos y las presiones ambientales, la eficiencia energética se ha convertido en un componente esencial del diseño, construcción y operación de los inmuebles modernos.
La eficiencia energética en edificaciones no solo implica reducir el consumo, sino hacerlo sin sacrificar confort ni funcionalidad. Esto se logra mediante la aplicación de normativas técnicas, materiales adecuados y tecnologías que optimicen el uso de la energía durante todo el ciclo de vida del edificio. En este sentido, el marco regulatorio mexicano ha avanzado de forma importante a través de diversas Normas Oficiales Mexicanas (NOMs) emitidas por la Secretaría de Energía (SENER) y la Secretaría de Economía (SE).
Entre las más relevantes destacan la NOM-008-ENER-2001 y la NOM-020-ENER-2011, que establecen criterios de eficiencia energética en la envolvente de edificaciones; la NOM-007-ENER-2014, aplicable a sistemas de alumbrado interior, y la NOM-023-ENER-2018, referente a equipos de aire acondicionado tipo dividido. A ellas se suman normas complementarias como la NOM-001-SEDE-2012, para instalaciones eléctricas, y la adopción del estándar ISO 50001, enfocado en sistemas de gestión energética.
Aplicar estos lineamientos desde la etapa de proyecto permite aprovechar al máximo los recursos naturales disponibles: orientación solar, ventilación cruzada, control de sombras y uso eficiente de materiales. La incorporación de iluminación LED con sensores, sistemas HVAC de alta eficiencia, aislamientos térmicos adecuados y generación fotovoltaica son estrategias que reducen de manera significativa el consumo energético por metro cuadrado.
La eficiencia energética no depende solo de la tecnología, sino de la planeación integral del proyecto. Una edificación eficiente se logra cuando arquitectos, ingenieros y desarrolladores trabajan de manera coordinada desde el diseño conceptual hasta la operación del inmueble, considerando criterios de desempeño energético verificables y sustentables.
Los beneficios económicos son tangibles. Un inmueble energéticamente eficiente puede disminuir sus gastos operativos entre un 20 % y un 40 %, con periodos de recuperación que van de tres a siete años, dependiendo de la inversión inicial. Además, la eficiencia incrementa el valor del inmueble, mejora la competitividad de las empresas y puede aprovechar incentivos o financiamientos promovidos por el FIDE o la SENER.
Sin embargo, el impacto trasciende lo financiero: cada kilowatt-hora ahorrado implica menos emisiones de gases de efecto invernadero y menor presión sobre la infraestructura eléctrica nacional. La eficiencia energética es, por tanto, una estrategia clave para mitigar el cambio climático, contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y mejorar la calidad de vida de las personas al ofrecer espacios más confortables y saludables.
Hoy, la tecnología y la normatividad nos ofrecen las herramientas necesarias. Adoptar la eficiencia energética no es una opción futurista: es una necesidad presente. Cada proyecto que integra las NOMs y prácticas sustentables se convierte en un paso real hacia un país más competitivo, limpio y resiliente.
La energía más barata y limpia es aquella que no se utiliza. Empecemos a construir con esa idea en mente.






