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  2. Resiliencia eléctrica e Inteligencia Artificial
  3. Luis Jorge Barbosa Polanco: El Titán de la Construcción del Mayab
  4. CREANDO UNA CULTURA DE RECONOCIMIENTO: DIMENSIÓN HUMANA DE LA MOTIVACIÓN
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  18. LA ILUMINACIÓN ARQUITECTÓNICA: PILAR DE LA IDENTIDAD URBANA EN MERÍDA
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  23. MARTHA NAVA PLANIFICACIÓN ESTRATÉGICA – De lo personal a lo empresarial
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  27. David Olvera López establece un nuevo Récord Guiness
  28. RETOS Y BENEFICIOS PARA LA ADOPCIÓN DE LAS NUEVAS DISPOSICIONES DE LA CNE
  29. LUIS SOSA – TRANSFORMANDO EL LIDERAZGO EMPRESARIAL
  30. EXITOSA 9a JORNADA DE FORMACIÓN REDMEREE
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  32. NUEVO CONSEJO DIRECTIVO DE AMERIC,AC.
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  34. Eficiencia energética en edificaciones: normativa, beneficios y responsabilidad climática.
  35. La termografía, su uso en la detección del cáncer de mama
  36. Yucatán, pioneros en eficiencia energética
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Jul 24, 2026
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POR: ALICIA ROMERO Y MARGARITA R. VEITÍA

En el marco del Día del Ingeniero, Infraestructura del Mayab conversa con Luis Jorge Barbosa Polanco, fundador y director de GABAR, una empresa que ha logrado consolidarse como referente en la ingeniería eléctrica industrial del sureste mexicano. Su historia no sólo habla de infraestructura y crecimiento empresarial, sino también de vocación, resiliencia, confianza y la convicción de que los sueños se construyen todos los días.

La historia empresarial de Luis Jorge Barbosa Polanco comenzó sobre la caja de herramientas de una bicicleta. Tenía apenas seis años cuando acompañaba a su padre, contratista eléctrico, de obra en obra. Mientras otros niños jugaban, él observaba cómo se tendían líneas, se instalaban equipos y se resolvían problemas que para muchos eran invisibles. Sin saberlo, en aquellos recorridos estaba descubriendo una vocación que terminaría convirtiéndose en el proyecto de toda una vida.

Esa pasión se transformó en GABAR, una empresa especializada en ingeniería eléctrica industrial que hoy participa en algunos de los proyectos más importantes del sureste mexicano. Sin embargo, el camino distó mucho de ser sencillo. Hubo decisiones difíciles, renuncias a la estabilidad laboral, una quiebra que parecía definitiva y la reconstrucción de un sueño sostenido por la confianza de un equipo que decidió no abandonar el proyecto.

“Traigo lo eléctrico en las venas. Mi papá fue contratista eléctrico y desde los seis años me llevaba en su bicicleta sobre la caja de herramientas. Fue una etapa muy bonita para mí. Éramos diez hermanos, pero yo fui el que más convivió con él en esa travesía laboral y desde muy pequeño nació en mí esa pasión por la electricidad”, al evocar el pasaje se le humedece la mirada y sigue el recuento dejando ver una sensibilidad a toda prueba.

Aquellas experiencias marcaron el rumbo de su vida. Conforme avanzó en sus estudios, no tuvo dudas sobre el camino que quería seguir. “Entré a la secundaria técnica y ahí continué formándome en electricidad. Después estudié un bachillerato técnico con la misma especialidad y más tarde Ingeniería Eléctrica. En ese entonces aquí no existía la especialidad que yo buscaba, así que tuve que salir de mi casa para prepararme profesionalmente, como les ha tocado a muchos jóvenes que tienen que dejar a su familia para buscar un mejor futuro.”

De su padre no sólo heredó el gusto por la profesión, le sembró en él el deseo de convertirse algún día en empresario. “Siempre quise seguir sus pasos. Mi papá aprendió electricidad por correspondencia y con su experiencia fue creciendo hasta convertirse en un contratista que hacía obras muy importantes, incluso edificios de TELMEX. Yo conocí desde niño a muchos de los arquitectos más reconocidos de Yucatán porque trabajaban con él.”

Sin embargo, también fue testigo de cómo el sector comenzó a cambiar. “Llegó un momento en que los ingenieros civiles empezaron a hacer también la obra eléctrica y poco a poco terminó el reinado de los técnicos. Entonces me propuse dedicarme exactamente a lo mismo, pero con mi propia empresa. Quería recuperar esas grandes obras que habían dejado de hacer los contratistas eléctricos.”

Hoy, después de más de dos décadas de trayectoria, sostiene que la ingeniería eléctrica aporta un valor que pocas veces se reconoce en toda su dimensión. “Los ingenieros eléctricos le damos vida a la infraestructura. Los edificios, los hospitales, las plantas industriales o las vialidades funcionan gracias a la energía. Si lo comparamos con la medicina, la ingeniería eléctrica sería como la neurocirugía. Todos los profesionales de la construcción somos complementarios, pero nuestra especialidad es la que hace funcionar todo lo demás.”

Antes de emprender, Luis Barbosa decidió adquirir experiencia en la industria. Su primer empleo fue en Coca-Cola, en Tampico, pero dos años más tarde llegó a CEMEX, una experiencia que definiría buena parte de su visión empresarial.

“Entré a trabajar a una empresa que tenía el mayor consumo de energía eléctrica del sureste. La formación que recibimos era extraordinaria y ahí entendí la importancia de la disciplina, la mejora continua y la planeación.”

Fue precisamente en CEMEX donde ocurrió uno de los momentos que cambiarían el rumbo de su vida. Durante un seminario llamado Camino a la Excelencia, el instructor lanzó una pregunta aparentemente sencilla: ¿Cómo te ves dentro de diez años?

“Ese ejercicio me hizo pensar que en diez años quería tener mi propia constructora. Después se nos preguntó qué teníamos que hacer para lograrlo y ahí entendí que los sueños necesitan un plan. Desde ese momento empecé a construir ese camino.”

Aquella reflexión lo llevó a tomar una decisión importante. “Decidí estudiar una maestría en Administración porque hoy estoy convencido de que el complemento perfecto para un ingeniero eléctrico es ser un buen administrador.”

Sin embargo, mantener el ritmo de trabajo en CEMEX y cumplir con sus estudios resultó prácticamente imposible. “Muchos me dijeron que estaba loco cuando decidí salir de una empresa tan sólida y con un buen salario. Incluso mi familia me preguntaba cómo era posible que dejara una oportunidad así. Pero yo entendía que si no seguía el camino que ya había trazado nunca iba a llegar a donde quería.”

Posteriormente ingresó a 3M. Ahí concluyó su maestría y, al mismo tiempo, comenzó a definir el modelo de negocio con el que nacería GABAR. “Tenía dos opciones. Podía dedicarme a construir edificios y desarrollos residenciales, como lo había hecho mi papá, o especializarme en la parte de potencia eléctrica para la industria. Al final decidimos enfocarnos en ese mercado porque vimos que en el sureste había una gran necesidad de empresas con alta especialización en media tensión y soluciones industriales.”

Aquella decisión terminó convirtiéndose en el sello distintivo de la empresa. “Hoy estamos en un océano azul. Seguimos siendo una empresa muy especializada y eso nos ha permitido diferenciarnos dentro del mercado.”

En 2002 comenzó la aventura de su vida: “Iniciamos GABAR como persona física. Trabajamos desde la sala de mi casa, con mi computadora personal y una cuadrilla de cuatro trabajadores. Un año después formalizamos la empresa y comenzamos a buscar proyectos mucho más grandes.”

La experiencia adquirida en empresas como CEMEX y 3M les dio la confianza para tocar las puertas de grandes clientes. “Nos habían formado para ser buenos ingenieros, pero también buenos vendedores. Así fue como empezamos a buscar proyectos con empresas como Bachoco y Bepensa. Todo parecía indicar que íbamos por muy buen camino.”

Pero apenas tres años después de iniciar operaciones, llegó la prueba más difícil de toda su carrera.

Cuando los sueños estuvieron a punto de derrumbarse

Los primeros años de GABAR parecían confirmar que la decisión de emprender había sido la correcta. Los proyectos crecían, la empresa comenzaba a posicionarse y grandes clientes confiaban en un equipo que apenas daba sus primeros pasos. Sin embargo, el mayor reto llegó cuando menos lo esperaba.

“En los primeros tres años ya teníamos trabajo contratado con empresas como Bachoco y de pronto quebramos. Fue en 2005. Mucha gente piensa que una empresa quiebra porque no tiene capacidad técnica, pero en nuestro caso no fue así. Quebramos por un fraude cometido por un ingeniero de nuestra propia empresa.”

Recuerda que se trataba de un proyecto importante en Veracruz. Desde el almacén de GABAR salían materiales que eran sobreestimados en los reportes de avance. “Cuando Bachoco descubrió lo que estaba pasando, pensó que yo estaba enterado. No fue así. Incluso se habló de acciones legales y prácticamente quedamos vetados. Ya no había forma de recuperarnos.”

La empresa pasó, literalmente, de estar construyendo un futuro prometedor a enfrentar una deuda que parecía imposible de superar. “Donde habíamos empezado con tantos sueños no sólo quedamos en cero; quedamos en menos cien. Estábamos completamente endeudados y pensé seriamente en desistir”, la voz se le quiebra, el nudo en su garganta aún hace notar…

Con la misma honestidad con la que siempre ha dirigido la empresa, reunió a sus colaboradores para decirles la verdad. “Les expliqué la gravedad del problema. Les dije que ya no había liquidez y que probablemente había llegado el momento de cerrar definitivamente GABAR.”

Retoma su tono de voz habitual al recordar que la respuesta del equipo lo sorprendió. “Ellos me dijeron que no estaban de acuerdo. Me dijeron: ‘Ingeniero, nosotros sabemos que usted no tuvo la culpa. Vamos a encontrar una solución’. Entonces decidimos irnos a medio sueldo para sobrevivir.”

Reconoce que ahí comprendió el verdadero significado de construir una empresa. “Yo también daba clases en el Tecnológico de Mérida y todo mi sueldo como catedrático lo destinaba a pagar la nómina. No era para mí; era para que la empresa siguiera viva. Muchos de esos colaboradores siguen conmigo hasta el día de hoy y eso me llena de orgullo.”

Poco a poco comenzaron a recuperar la confianza de clientes que conocían su forma de trabajar. “Bepensa fue una de las empresas que creyó nuevamente en nosotros. Nos habían dado nuestro primer contrato desde 2003, por cincuenta mil pesos, y gracias a clientes como ellos pudimos levantarnos otra vez.”

Aquella experiencia transformó para siempre su manera de entender el liderazgo y las relaciones humanas y lo ha llevado hasta sus clientes. Más que pensar en clientes de una sola obra, busca construir relaciones duraderas. “Siempre les digo: pruébanos una vez y te vas a quedar con nosotros. Nosotros no buscamos clientes para un proyecto; buscamos relaciones para muchos años”. Es evidente que esa forma de trabajar explica por qué la empresa nunca ha basado su crecimiento en competir por precio. “Nosotros no nos enfrentamos a la competencia. Los clientes son quienes nos eligen. Nunca hemos sido ni seremos los más baratos. Lo que valoran es nuestro conocimiento, nuestra ingeniería y la capacidad de responder cuando realmente nos necesitan.”

Para respaldar esa promesa, GABAR mantiene una infraestructura que pocas empresas del sector poseen. “Tenemos más de cuarenta millones de pesos en equipos y materiales para atender emergencias. Si una planta se detiene, nosotros tenemos la capacidad de responder de inmediato.”

Esa capacidad ha dado origen a historias que hoy forman parte de la cultura de la empresa. “Recuerdo una planta procesadora que falló un 31 de diciembre a las nueve de la noche. Fui personalmente a revisar qué estaba pasando. Cuando vimos la magnitud del problema, llamé a todo el equipo y les pedí que no brindaran esa noche porque a las seis de la mañana del primero de enero íbamos a estar trabajando para levantar la planta. Y así fue, cumplimos “

Habla de ese episodio sin ánimo de presumir. Para él, simplemente refleja el compromiso que ha construido con sus clientes. “Nosotros no tenemos días festivos cuando un cliente nos necesita. Esa es la confianza que hemos construido durante todos estos años.”

Esa reputación también ha cambiado la percepción sobre la capacidad de las empresas del sureste, a su memoria viene una anécdota que lo marcó especialmente durante la construcción de una planta para una cementera.

Llegó una empresa de Monterrey convencida de que aquí no existía una constructora capaz de hacer una obra de esa magnitud. Cuando ganamos el contrato, uno de sus representantes me dijo: ‘Ahora sí van a aprender cómo se hace una planta’. Entonces el dueño de la cementera le respondió: ‘No, estás equivocado. GABAR nos está haciendo el favor de construir nuestra planta. Nosotros confiamos plenamente en ellos porque ya demostraron que saben hacerlo’.”

Para Luis Barbosa, ese reconocimiento tiene un significado especial. “Cuando un cliente habla así de tu empresa entiendes que todos los años de esfuerzo, preparación y sacrificio realmente han valido la pena.”

Las grandes motivaciones: confianza, los sueños

“La confianza es la clave del éxito. Toda la vida he sido confiado. Yo siempre he confiado en las personas y en los negocios, y no quiero dejar de hacerlo; el día que yo deje de confiar, creo que me voy a amargar, me va a pasar algo, voy a perder el éxito en el negocio”.

En su voz se percibe convicción. Para él, la confianza es una forma de vida y también una estrategia empresarial. “Es importante seguir confiando en los equipos de trabajo. No importa que uno te defraude; siempre van a llegar otros más que sí serán leales, que sí caminarán contigo por el sueño, por el proyecto, por los valores”. Hoy considera que la confianza sigue siendo el principal activo de cualquier organización. “Los negocios se hacen entre personas. Si uno deja de confiar por miedo a volver a ser defraudado, termina perdiendo mucho más de lo que cree que está protegiendo”

Habla de su empresa como un organismo vivo, sostenido por personas, por sueños compartidos y por una visión de largo plazo. Ahí, insiste, está otra de las claves del éxito: “Nunca dejar de soñar. Yo sueño con una nave de integración de tableros, y aunque han pasado años, ese sueño sigue ahí. Mucha gente me preguntaba para qué, si ya hacemos obra. Pero a este tamaño seguimos soñando, seguimos construyendo proyectos futuros. Y a los sueños, dice, hay que ponerles algo más que intención. A esos sueños hay que ponerles pasión. Trabajar con gente que le apasione la ingeniería, que le apasionen las obras, que se mueran en la raya contigo. No solo gente preparada, sino gente apasionada”.

 Nuevas generaciones y el reto del equilibrio laboral

Uno de los temas que más ocupa hoy a Luis Barbosa es la transformación del mundo laboral. Reconoce que las nuevas generaciones llegan con una formación muy distinta a la de quienes iniciaron su vida profesional hace tres o cuatro décadas. “Nosotros venimos de una generación mucho más dura. Aprendimos a enfrentar la frustración, a trabajar bajo presión y a resolver los problemas con los recursos que teníamos”, comparte con una mezcla de nostalgia y claridad.

Pero su mirada no se queda en la comparación. Al contrario, subraya el valor de lo nuevo sin perder de vista los retos que implica. “Muchos jóvenes poseen una enorme creatividad, dominan las herramientas digitales y entienden con rapidez tecnologías como la inteligencia artificial, pero también enfrentan el desafío de desarrollar mayor tolerancia a la frustración y capacidad de adaptación”, dice convencido.

Y es ahí donde introduce una idea que considera clave: el cambio no puede cargarse únicamente sobre los jóvenes. “Ellos no tienen que convertirse en nosotros. Nosotros tampoco podemos pretender trabajar exactamente igual que hace treinta años. Tenemos que encontrar un punto de equilibrio. Quien nunca se equivoca es porque nunca intenta hacer algo nuevo”.

Para Barbosa, esa búsqueda de equilibrio es la base de la evolución real dentro de las empresas: aprender a convivir con nuevas formas de pensar, sin perder la disciplina ni los valores que sostienen los proyectos a largo plazo.

Está convencido de que el verdadero crecimiento de una empresa comienza por su capital humano. A diferencia de quienes consideran la capacitación como un gasto o temen que un colaborador preparado pueda marcharse, él sostiene exactamente lo contrario. “Lo grave no es capacitar a tu gente y que se vaya. Lo grave es no capacitarla y que se quede”, expresa categórico.

Por ello, además de la formación técnica, GABAR impulsa el desarrollo de habilidades de liderazgo, comunicación y trabajo en equipo. Algunos de sus ingenieros han cursado programas de Alta Dirección y estudios de posgrado con apoyo de la empresa. Otros han crecido hasta ocupar posiciones estratégicas dentro de la organización.

Incluso quienes han decidido emprender su propio camino o incorporarse a instituciones nacionales siguen siendo motivo de orgullo. “Si alguien se va porque encontró una mejor oportunidad gracias a lo que aprendió aquí, significa que hicimos bien nuestro trabajo”, afirma con orgullo.

“Si no tienes a tu gente capacitada, si no inviertes en su formación, estás cometiendo un error. He escuchado colegas que no quieren capacitar a su gente por miedo a que se vayan. Pero lo grave es no capacitarlos y que se queden”.

Su visión es clara: formar, aunque implique movilidad. “Hay que invertir en habilidades blandas también. Si no lo haces, es más fácil que se vayan, porque van a buscar dónde puedan crecer. Tengo ingenieros que se fueron a CENACE, otros que emprendieron. Pero también tengo gente que lleva muchos años conmigo. A ellos les hemos pagado programas de Alta Dirección en el IPADE, maestrías, y han crecido dentro de la empresa”.

Incluso él mismo se incluye en ese proceso: “Hasta un servidor sigue preparándose. La formación técnica y las habilidades blandas son la clave, porque son las que resuelven los problemas”.

El futuro de GABAR, propósito, legado y visión de industria

El futuro de GABAR, asegura, no es una idea lejana, sino un proceso que ya está en marcha. “Les hemos dado herramientas. Les digo que todos podemos fallar. El que no comete errores es porque no está haciendo nada”.

Bajo esa lógica, la empresa ha construido una cultura interna que se sostiene en tres pilares fundamentales: “Calidad, cuidado del ambiente y seguridad. La ‘trinorma’ no es un requisito, es una forma de vida”. Más allá de los procesos y certificaciones, Barbosa insiste en que la responsabilidad de la empresa también se extiende hacia el entorno y las personas que la conforman: “Impulsamos reciclaje, reforestación, y sobre todo seguridad, porque cuidar a la gente es cuidar a las familias”.

En ese sentido, insiste en que la innovación no puede sostenerse sin principios firmes. En GABAR, explica, la calidad, la seguridad y el cuidado del medio ambiente no son discursos ni certificaciones en papel, sino una forma de vida dentro de la organización. Su empresa, afirma, impulsa de manera constante programas de reciclaje, reforestación y seguridad laboral, porque entiende que construir infraestructura va mucho más allá de la obra física: implica también responsabilidad con las personas y con el entorno.

“Construir no es sólo levantar estructuras, es cuidar lo que dejamos alrededor”, parece resumir entre líneas una filosofía que, más que empresarial, se ha convertido en una forma de entender el futuro.

Con el paso del tiempo, explica, la empresa ha evolucionado en paralelo a su propio propósito personal: “GABAR nació inspirado en mi padre. Luego crecimos pensando en mis hijos. Después en las familias de los colaboradores. Hemos ido evolucionando”.

Pero el horizonte no se detiene ahí. El sueño continúa creciendo con una visión clara de liderazgo regional: “Queremos ser la integradora de tableros del sureste. Ser pioneros, certificados, referentes en la industria eléctrica”.

En ese recorrido, su reflexión se vuelve más íntima y humana. Habla desde la experiencia, pero también desde la fe y la gratitud: “Siempre tuve una fe muy grande en Dios. Logré consolidar la empresa y dar a mis hijos la educación que eligieron”.

Sin embargo, el sentido de propósito ha cambiado con los años, ampli

ándose hacia algo más colectivo: “Ahora pienso en las familias que sostienen la empresa. En que puedan crecer, en que tengan mejores oportunidades”.

Y deja claro que su visión empresarial no está centrada en la acumulación individual: “No he buscado acumular utilidades para mí. Siempre hemos reinvertido. Sí, he viajado, he crecido, pero el objetivo es otro: que GABAR marque rumbo”.

Ese rumbo, afirma, también implica una responsabilidad con el país y con su región: “Quiero contribuir a un mejor México. Que el sureste no sea visto como rezagado. Que se reconozca que aquí también hay empresas competitivas”.

Su mensaje se extiende más allá de la empresa hacia toda una industria: “Hay que dejar de pelear entre nosotros. Podemos hacer alianzas, trabajar en equipo, compartir conocimiento. El gremio eléctrico puede ser mucho más fuerte”.

Y finalmente, deja una idea que funciona como legado y llamado a la acción: “Los que tenemos más exp

erie

ncia debemos ser mentores. Ayudar a los que empiezan, porque muchas empresas no sobreviven el primer año. Si podemos guiarlos, debemos hacerlo”.

En su visión, el futuro de GABAR no sólo se construye con obra e innovación, sino con personas, valores y la convicción de que el crecimiento verdadero ocurre cuando el conocimiento se comparte y el éxito se multiplica en comunidad. “Nunca dejen de soñar. Prepárense, no es fácil, pero vale la pena”.

Recuerda su historia sin adornos, pero con fuerza: “Yo empecé con una mesita en la sala de mi casa. Y hoy tenemos instalaciones eno

rmes”. Y cierra con una advertencia que también es una guía de vida: “No sirve ser el mejor ingeniero si no eres una buena persona. De nada sirve ser el más técnico si no aportas a la sociedad”.

Su mensaje final resume toda una filo

sofía de vida y de empresa: “Vamos a seguir formando líderes con valores, con ética, con humildad. Personas que tengan pasión, pero también principios. Porque al final, eso es lo que realmente construye una empresa… y lo que realmente construye un país”.

En cada una de sus palabras queda claro que su historia no se sostiene sólo en el crecimiento de una empresa. Para él, el verdadero legado, además de las obras terminadas está en la formación profunda del personal, en los sueños impulsados y en las oportunidades que logran transformar v

idas.

Porque al final, más allá de la ingeniería, los contratos o la tecnología, su convicción es sencilla y profunda: las empresas pasan, los edificios se levantan y se transforman, pero lo que permanece es el impacto humano que se deja en el camino.

 

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