La pasión por la electricidad no llegó a su vida: nació con él.
En el campo de su pequeño pueblo natal, Dzemul, mientras otros niños solo jugaban, él imaginaba. Entre canicas, béisbol y carreras en bicicleta, siempre encontraba la forma de transformar la curiosidad en chispa. A su bici le añadía cables y pequeños inventos para que un bombillo encendiera; a los camiones de su padre los soñaba con luces, sonidos y movimiento. Desde entonces, sin saberlo, ya estaba forjando su propio camino. Para él, la electricidad nunca fue solo energía: fue asombro, juego y destino.
Así nació la vocación del ingeniero Juan Oscar Cuevas Ortega, un hombre forjado entre la curiosidad, la disciplina y el trabajo constante. Meticuloso, puntual y exigente consigo mismo, pero profundamente noble en su trato. Aquella chispa de infancia se convirtió en una trayectoria profesional sólida y respetada. Hoy preside Grupo Cuevas Ortega y Asociados S.A. de C.V., empresa dedicada a la construcción de redes y líneas de distribución de baja y media tensión, desde donde impulsa proyectos que han llevado energía, desarrollo y oportunidades a comunidades enteras. Su historia demuestra que la vocación verdadera no se aprende: se descubre, se cultiva y se transforma en legado.
De camionero a ingeniero eléctrico
Siguiendo la tradición familiar, se involucró en el negocio de camiones de su padre. Durante un tiempo creyó que ese sería su camino, y la carretera se convirtió en su primera gran escuela de vida. Ser camionero lo llevó a conocer gran parte del país cuando apenas comenzaba su juventud: largas rutas, madrugadas, paisajes nuevos y la sensación constante de que el mundo era mucho más grande de lo que imaginaba.
De esa etapa recuerda el ímpetu, la curiosidad y las ganas de descubrir lo desconocido. Aprendió el valor del esfuerzo, la responsabilidad y la valentía de aventurarse hacia lo nuevo. Sin embargo, en lo más profundo sabía que ese no sería su destino definitivo; esa etapa fue el impulso que le permitió mirar más lejos.
Con esa certeza decidió abrirse camino como constructor en la ciudad y puerto de Veracruz. Fue un periodo intenso de jornadas largas y aprendizaje constante, donde cada proyecto representaba un reto y una oportunidad. El ritmo del puerto, siempre en movimiento, convirtió aquellos años en una etapa tan exigente como emocionante. Veracruz no solo le dio experiencia: le regaló historias, amistades y la certeza de que avanzaba en la dirección correcta.
Nace el Grupo Cuevas Ortega y Asociados
En 1983, en Campeche, construyó sus primeras líneas de distribución eléctrica en Tenabo, infraestructura que aún permanece en funcionamiento y que marcó un antes y un después en su trayectoria. Dos años después, en la selva que une Tulum y Cobá, en un trayecto de 50 kilómetros, encontró la plenitud en su trabajo. Aquella experiencia confirmó que había descubierto su verdadera vocación.
“Comencé haciendo electrificaciones en Campeche, Quintana Roo y Yucatán. Me involucré en proyectos rurales muy importantes; eso me llevó a conocer la topografía y el trabajo desde la base. Durante mucho tiempo me resistí a dirigir personas, aunque mis amigos insistían en que debía crear algo propio”, recuerda. Lo dice con la nostalgia de quien alguna vez dudó de estar listo para emprender, pero que en el fondo sabía que esa era la ruta.
Con orgullo evoca su participación, junto al Fondo Nacional de Desarrollo Portuario, en la construcción de los parques industriales en Lerma (Campeche), Puerto Madero (Chiapas) y Altamira (Tamaulipas), proyectos que dejaron huella tanto en su historia profesional como en el desarrollo regional.
Más tarde colaboró con Cuba y Venezuela, ampliando horizontes y organizando proyectos vinculados con plantas de emergencia. En 1999 se convirtió en contratista de Grupo Promotora Residencial, fortaleciendo su experiencia en proyectos de gran escala. El punto de inflexión llegaría en 2004 cuando, junto a su hija Flor, fundó su propia empresa.
En esa decisión se materializaron décadas de experiencia y una entrega absoluta a su profesión. Su legado se mide en obras, pero también en confianza, equipos formados y comunidades beneficiadas.
Una empresa construida con disciplina y orgullo
“Desde el momento en que creé la empresa supe que saldría adelante. El reto era hacerlo bien: sin contratiempos, cuidando a la gente y garantizando la calidad en cada proceso”, cuenta. Sonríe al reconocer que tantos años entre maquinaria pesada le dejaron una ligera pérdida de audición. Pero lo asume con humor: “Me siento un divo, un hombre grande… ¿quién como yo?”, bromea entre risas.
La empresa ha contribuido al desarrollo de proyectos habitacionales como Santa Fe y Las Herraduras en Ciudad Caucel y participado en la recuperación eléctrica tras los ciclones Wilma, Gilberto e Isidoro, trabajando en zonas de difícil acceso del sureste mexicano. En esos momentos reconoce que e su trabajo dejó de ser solo ingeniería para convertirse en servicio.
Tras el paso devastador de los ciclones Gilberto, Isidoro y Wilma, el sureste mexicano quedó sumido en la oscuridad. Comunidades enteras perdieron no solo la electricidad, sino la comunicación, la seguridad y la esperanza. Caminos bloqueados, postes caídos, líneas destruidas y familias enteras esperando una señal de luz en medio de la incertidumbre. Fue entonces cuando el ingeniero Juan Oscar Cuevas Ortega entendió que su profesión era también una responsabilidad social. Mientras muchos se resguardaban del riesgo, él y su equipo avanzaron hacia él.
Trabajaron entre lodo, lluvia, calor extremo y zonas incomunicadas. Hubo jornadas interminables, noches sin descanso y trayectos donde la única guía era el compromiso con la gente que esperaba recuperar su vida cotidiana. No se trataba solo de restablecer energía: se trataba de devolver tranquilidad, seguridad y esperanza.
Cada poste levantado significaba una familia que podía volver a encender una luz. Cada línea reconstruida era una comunidad que recuperaba su ritmo. Cada kilómetro avanzado era una promesa cumplida. Aquellos días pusieron a prueba no solo la capacidad técnica de la empresa, sino el temple humano de quienes la integraban. Porque trabajar en condiciones extremas exige algo más que conocimiento: exige valentía, solidaridad y vocación de servicio.
“Los ciclones me enseñaron que nuestro trabajo va más allá de cables y postes. Cuando una comunidad se queda sin luz, también se queda sin tranquilidad, sin comunicación y sin esperanza. Estar ahí, en medio del desastre, fue comprender que la electricidad es vida cotidiana, pero también es dignidad. Recuerdo mirar a las familias cuando regresaba la energía: sus sonrisas, sus aplausos, su gratitud. En esos instantes entendí que todo el esfuerzo, el cansancio y el riesgo valían la pena. No éramos solo contratistas; éramos parte de la recuperación de su vida. Y esa es, sin duda, una de las mayores satisfacciones que me ha dado mi profesión.”
Principios que alumbraron su camino.
Su vida se sostiene sobre tres pilares que no negocia: la honestidad, la fe y la calidad en el trabajo. Para él, la honestidad no es solo un valor profesional, sino una forma de mirar el mundo. Significa cumplir la palabra dada, responder con transparencia y construir relaciones basadas en la confianza. Está convencido de que una empresa puede crecer por su capacidad técnica, pero solo permanece en el tiempo por la credibilidad que inspira.
La calidad, por su parte, es una disciplina diaria. Implica revisar, supervisar, corregir y volver a empezar si es necesario. Significa no conformarse con lo suficiente, sino aspirar siempre a lo mejor. Cada obra, cada proyecto y cada decisión llevan esa exigencia silenciosa de hacer las cosas bien, porque sabe que detrás de cada instalación eléctrica hay familias, comunidades y futuros que dependen de su trabajo.
La fe ocupa un lugar profundo y constante. Encuentra fortaleza en la Virgen de Guadalupe y en la Virgen de Fátima, a quienes encomienda su familia, su empresa y cada nuevo reto. Para él, la espiritualidad no es algo distante, sino una presencia cotidiana que le recuerda la gratitud, la humildad y la responsabilidad de servir a los demás a través de su profesión.
Estos principios no solo han guiado su trayectoria; han definido su carácter. Son la brújula que ha orientado sus decisiones en los momentos difíciles y la base sobre la que ha construido su legado.
El legado
“Amé a mi esposa con fervor; la sigo sintiendo a mi lado. Ella me dio lo más valioso: mis dos hijas y mis dos nietas. Hoy mi meta es mantener el prestigio de mi empresa y que nunca se deteriore”.
Habla con la serenidad de quien ha vivido intensamente y aún mira hacia adelante. Su historia está marcada por el sacrificio, la pasión y el compromiso. Porque al final, su legado no solo está en las obras construidas, sino en los valores sembrados y en la energía que ayudó a llevar a tantas comunidades. Su vida, como la electricidad que lo apasiona, sigue iluminando caminos.





